lunes 7 de marzo de 2011

HASTA PRONTO...

Estimados amigos:

Algunos problemillas de salud me están impidiendo últimamente atender el blog como me gusta hacerlo: con seriedad y rigor. Algunas veces lo he conseguido. Otras no. Pero ahora me siento incapaz siquiera de intentarlo.

Por ello, voy a dejar pasar un tiempo sin publicar entradas, hasta que me recupere del todo. No os preocupéis: no es nada grave. Sólo que creo que la historia de este blog merece un seguimiento digno, y siento que ahora no se lo estoy dando.

De todas formas, si alguien en alguna ocasión tiene un texto que quiera ver publicado, no tiene más que ponerse en contacto conmigo (jrjunqueras@telefonica.net) y hacérmelo llegar. Con mucho gusto lo publicaremos.

Muchas gracias por todo el apoyo que nos habéis dispensado hasta ahora. Espero con ilusión el momento en que estoy empiece a rodar de nuevo.

Abrazos para tod@s.

lunes 28 de febrero de 2011

"Relihoaxes”: La NASA y la Biblia

 Hoy publicamos, con su autorización, un artículo de nuestro amigo Jonás Berea, que ha aparecido en su propio blog (http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/) y en Café Hispano (http://spectrummagazine.org/cafe_hispano). Me ha parecido muy interesante porque muestra que, muchas veces, los creyentes nos agarramos a un clavo ardiendo para intentar revestir de ciencia lo que no son más que leyendas urbanas. Flaco favor le hacemos al fenómeno religioso cuando nos comportamos así. Primero, porque no todo vale. La mentira no conduce a nada bueno. Y segundo, porque desacredita a todos por igual. Al final, todo parece caber en el mismo saco y se dan excusas para juzgar a quienes hemos decidido creer como a gente manipuladora y mentirosa.

Disfrutad de este texto, porque no tiene desperdicio. Muchas gracias, Jonás. Ahí va:

Los rumores siempre han existido. Algunos de ellos están tan difundidos que hoy en día muchos dan por verdaderas supuestas informaciones que en realidad no podemos saber hasta qué punto son ciertas o no. En muchos casos, simplemente analizando su contenido y la (falta de) lógica interna, podemos concluir que algunas de estas historias son falsas. Siguiendo su rastro también se puede averiguar su origen, y a veces por tanto su intencionalidad. Este tipo de relatos, conocidos tradicionalmente como “leyendas urbanas”, han proliferado desde que existe Internet, medio en el que se conocen como hoaxes (“bulos”). El artículo No a los hoaxes (http://arritxuzuri.blogspot.com/2010/04/no-los-hoaxes-bulos.html) explica el fenómeno y lo ilustra con varios ejemplos típicos.

Existe una categoría de bulos relacionada con cuestiones religiosas, a la que denominaré “relihoaxes”. Algunos consisten en una noticia falsa, normalmente generada por la adulteración o el cruce de informaciones verdaderas (véase Obama y la ley dominical: http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/2009/05/obama-y-la-ley-dominical.html). Otros son el clásico llamamiento humanitario, en ocasiones con petición de oración, ante alguien que supuestamente está en peligro. Los hay que tratan de defender la verdad cristiana mediante historias que, se supone, apoyan la inspiración de la Biblia. Entre estas últimas, quizá la que más ha circulado sea la que se refiere a una supuesta investigación de la NASA que confirmaría el relato del “día perdido” mencionado en Josué 10. Se encuentra en miles de sitios de Internet, en forma de texto, de presentación de diapositivas y hasta de vídeo (por ejemplo, aquí: http://www.actosdeamor.com/nasa.htm).

La historia

La historia cuenta cómo “recientemente […] nuestros astronautas y científicos espaciales en Green Belt, Maryland […] estaban verificando la posición del sol, la luna y los planetas para saber dónde se encontrarían dentro de cien años y en los próximos mil años”; para ello hicieron que el programa informático reconstruyera la posición de los planetas también en el pasado, pero en ese proceso llegó a un punto en el que la máquina se detuvo, indicando un error. “Decidieron entonces llamar a la oficina de mantenimiento para revisarla; los técnicos encontraron que la computadora estaba en perfectas condiciones” e informaron de que habían encontrado que faltaba “un día en el universo del tiempo transcurrido en la historia”. Un cristiano del equipo recordó entonces el pasaje del libro de Josué, capítulo 10, en el que Dios detiene el sol para que Israel pueda ganar una batalla. “Los ingenieros del Programa Espacial dijeron: ‘¡Ese es el día que falta!’”, así que pusieron el programa en funcionamiento y descubrieron que “el lapso que faltaba en la época de Josué era de 23 horas y 20 minutos, no era un día completo”. El ingeniero cristiano indicó que en 2 Reyes 20: 8-11 se cuenta cómo Dios hizo que la sombra retrocediera diez grados como señal de que el rey Ezequías sanaría; éstos conformarían exactamente los 40 minutos que le faltaban a la computadora de la NASA.

Por qué es un hoax


No hace falta tener muchos conocimientos de astronomía ni de informática para concluir que esta historia es un bulo. En primer lugar, presenta las principales características de los hoaxes:

1. Es un texto breve, al que algunos han añadido imágenes y otros han dado formato de presentación de dispositivas o de vídeo.

2. Carece de fecha de publicación y está redactado de la manera más atemporal posible para que perviva el máximo tiempo circulando en la red. El hoax habla de que el experimento se produjo “recientemente”, y en algunos sitios se titula “Nuevo descubrimiento de la nasa sobre la veracidad de la Biblia”.

3. Atribuye la historia a una prestigiosa entidad como la NASA.

4. No ofrece ni un solo nombre de los científicos que participaron en la supuesta investigación (sí se menciona a Harold Hill, quien efectivamente existió y difundió este cuento).

5. No cita con precisión fuentes rigurosas (revistas científicas, webs especializadas…).

6. Está muy mal redactado, con incorrecciones sintácticas y ortográficas y errores en los signos de puntuación.

El recorrido de este cuento


En segundo lugar, el itinerario de este “nuevo descubrimiento” demuestra su falsedad, tal y como se expone en el artículo de Bert Thompson ¿Ha Descubierto la Nasa el “Día Perdido” de Josué? (http://ap.lanexdev.com/APContent.aspx?category=118&article=705), publicado en la interesante web www.apologeticspress.org. Ya en 1936, veintidós años antes de que se fundara la NASA, un tal Harry Rimmer mencionaba a dos científicos (Ball y Totten) que, según él, habían probado astronómicamente que faltaba un día en el cómputo del tiempo, sin aportar la más mínima prueba o argumentación al respecto.

Después de un tiempo, según Thompson, «alguien (hasta este día, nadie sabe quién) redescubrió la historia, la “desempolvó”, le dio algo de adorno (sin duda para hacerla más atractiva para la mente científica moderna), proveyó nombres (de individuos, compañías y ciudades) y luego, para que no falte algo, incluyó una referencia a una agencia popular del gobierno que fue, y es, objeto de interés público (la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio—NASA). Con esta “nueva versión” de la historia ahora completa, ésta llegó a tener una credibilidad inherente que pocos pensaron poner en duda o cuestionar».

En 1974 Harold Hill, presidente de la Compañía de Motores Curtis (Baltimore, EE.UU.), en su libro How to Live Like a King’s Kid, reproducía la historia, sugiriendo que él mismo había mantenido contacto personal con la NASA, de modo que otorgaba credibilidad al bulo (sin embargo, la conexión de Hill con la NASA era comercial, y no tenía nada que ver con la investigación astronómica). En 1989 el doctor Davidheiser preguntó sobre este asunto a la oficina de la NASA en Greenbelt (Maryland), desde donde le respondieron que no sabían nada del señor Harold Hill y no podían corroborar la referencia del “día perdido”.

El contenido del cuento


En tercer lugar, el propio contenido de la historia pone en evidencia su falsedad.

1. La historia muestra una gran ignorancia sobre cómo funcionan los ordenadores, al menos los actuales. Según el texto, “se hizo que la computadora corriera a través de los siglos y de repente se detuvo”; como había “algún error en la información con la que había sido alimentada o con los resultados […], decidieron entonces llamar a la oficina de mantenimiento para revisarla; los técnicos encontraron que la computadora estaba en perfectas condiciones”. En el caso de que unos técnicos hubieran hallado un problema de funcionamiento en un programa de simulación, no habrían llamado al técnico de la computadora (hardware), sino que ellos mismos habrían revisado su propio programa informático (software). Y en caso de que en los ordenadores antiguos hardware y software estuvieran integrados, lo lógico es que los que realizaron el experimento fueran los mismos técnicos, y no hubiera necesidad de llamar a la oficina de mantenimiento.

2. Un ordenador puede determinar la posición de los cuerpos celestes en una fecha determinada del pasado, debido a la regularidad de sus movimientos: de este modo, podemos saber en qué fechas se produjeron y cuándo volverán a producirse determinados eclipses, cuándo cierto cometa se acercó a la tierra y cuándo volverá a hacerlo, etcétera. Pero esa reconstrucción del pasado la realiza a partir de los datos introducidos en el programa. Como dice Paul Bartz en el artículo citado, «las computadoras no son máquinas mágicas que pueden averiguar cosas que están escondidas de la gente normal. Aunque son tan maravillosas, están limitadas por el conocimiento que nosotros les damos. […] Aunque una computadora pudiera ser usada para producir un calendario desde hoy hasta el pasado distante, lo cual no es una práctica inusual, una computadora no podría decirnos si algún tiempo estuvo ausente o no». Para que alguien, humano o electrónico, pudiera detectar un parón en el tiempo pasado, éste debería haber quedado registrado de algún modo, algo que en principio es imposible. Un programa informático reconstruye el pasado a partir de los datos del presente, que de ninguna manera pueden incluir la excepción que supondría una parada planetaria, a no ser que los programadores introduzcan ese dato (en cuyo caso, lógicamente, el ordenador no probaría la existencia del milagro, ni mucho menos).

3. Si realmente un ordenador pudiera retroceder mágicamente “a través de los siglos” y “de repente” detenerse, proporcionaría el día exacto (según nuestro calendario actual) en que se produjo la “parada del sol”, así como el día en que Ezequías ganó “cuarenta minutos”. Pero el cuento que circula masivamente no dice nada sobre estas fechas, que serían el dato fundamental.

4. El bulo parte de la convicción de que el fenómeno descrito en Josué 10 supuso una parada del sistema solar (y quizá, por tanto, de todo el universo). La historia del cristianismo debería prevenirnos ante semejantes especulaciones; no olvidemos el rechazo que sufrió el heliocentrismo en la cristiandad de la Edad Moderna por el hecho de que, según las diferentes iglesias, la Biblia establecía en este pasaje que es el Sol el que gira alrededor de la tierra, pues el texto dice que «el sol se detuvo». Quienes creemos que el relato bíblico es cierto interpretamos hoy, a la luz de conocimientos astronómicos indubitables, que no fue el sol el que se detuvo, al menos con respecto a la Tierra, sino que en todo caso se paró ésta con respecto a aquel. Pero del mismo modo que entendemos que el relato no es literal en este punto, lo más lógico es pensar que Dios operó algún tipo de milagro local mediante el cual el ejército de Josué pudo seguir batallando mientras veía el sol, sin que necesariamente se detuviera el movimiento de todos los cuerpos celestes, con todo lo que ello implicaría de alteración cataclísmica de las dinámicas naturales: medio planeta expuesto al sol durante muchas más horas de las habituales, la otra mitad privada del sol el mismo tiempo, desaparición temporal (con todas sus implicaciones en los océanos, etc.) del efecto Coriolis… Dios tendría que haber realizado millones de milagros atmosféricos y ecológicos simultáneos para no alterar el equilibrio natural. Es algo que por supuesto está a su alcance, pero resulta más sencillo pensar en el efecto local del milagro. Otro tanto se podría decir del fenómeno que observó Ezequías.

Conclusiones


1. Cualquier persona con cierta formación, o que simplemente reflexione un poco sobre el contenido de este tipo de relatos, deducirá o al menos sospechará que se trata de bulos. Ya el hecho de que haya presuntos cristianos a quienes no les importe falsear la realidad con tal de defender sus creencias, hace un flaco favor a la verdad cristiana. Bajo ningún concepto podemos aceptar que el fin justifica los medios.

2. Quizá quienes inventan estas historias lo hagan con la “bendita” intención de defender la Biblia, pero el caso es que lo que consiguen es dañar la credibilidad de la Biblia. Su difusión ofrece una lamentable imagen del nivel cultural e intelectual medio de los creyentes. El no creyente que reciba el bulo deducirá, no sin razón, que si el amigo cristiano que le ha mandado la historia es capaz de creérsela, no es de extrañar que también se crea “otros bulos”, como los relatos milagrosos de la Biblia, o la propia existencia de Dios. Cuando se mezcla la verdad con la falsedad, la única perjudicada es la primera.

3. Hay quienes reciben mensajes de este tipo y no acaban de tener claro que sean ciertos, pero “por si acaso” los envían a sus numerosos contactos. Quizá añadan algún comentario escéptico, pero entre esos destinatarios habrá quienes se lo crean a pies juntillas y lo manden a otros tantos amigos con la convicción de que es real. Quien reenvía algo sin tener la certeza de que es verdad, se hace corresponsable de la multiplicación imparable de una falsedad. ¿Enviaría alguien una noticia impactante sobre un amigo o familiar suyo sin tener pruebas de que es totalmente cierta? Pues tampoco debería hacerse con otras “noticias”.

4. Entre los relihoaxes destacan aquellos que tergiversan o directamente inventan historias que tratan de denigrar a un conjunto de creyentes, en especial a los musulmanes (véase “Hoaxes” políticos: http://arritxuzuri.blogspot.com/2010/04/hoaxes-politicos.html). Todos (quizá de forma especial los colectivos religiosos, y no digamos las minorías) deberíamos ser especialmente cuidadosos con la difusión de mensajes que pueden afectar a la imagen de un grupo de personas. Por mucho que lo que hayamos recibido coincida con nuestras impresiones o esquemas previos, antes de reenviar alegremente a nuestros contactos un texto o una presentación, debemos comprobar si aquello que nos llega está totalmente probado.

5. Comprobar si un mensaje es un hoax resulta relativamente sencillo; aparte de la citadas y típicas características de los hoaxes, con sólo escribir la palabra “hoax” y el asunto del mensaje o alguno de sus conceptos clave en un buscador, encontraremos páginas donde se discute y se analiza la veracidad o no del mensaje; usando el sentido común es fácil determinar la verdad. Y si no acabamos de estar seguros, apliquemos el criterio de abstención en caso de duda y no demos por cierto algo que no está probado.

6. Quizá a algunos les llegue un mensaje de este tipo y no sientan que tienen la capacidad de hacer la indagación para determinar si es cierto o no. Pero seguro que entre sus contactos hay alguien que tiene conocimientos o formación sobre el asunto. En lugar de enviar la “noticia bomba” a todos, puede consultar a esas personas.

7. Lo que sí conviene difundir son análisis rigurosos como los de los artículos citados, o webs como http://www.rompecadenas.com.ar/, cuyo objetivo es orientar y clarificar respecto a estos asuntos. También sugiero reenviar mensajes de prevención, como el de este mismo artículo.

lunes 21 de febrero de 2011

El fariseo y el publicano 3.0

El creyente es un ser humano siempre en peligro. Las certezas y las seguridades, tan presentes en el fenómeno religioso, lo colocan en situaciones que lo invitan a juzgar a los demás. Y esto, como digo, es muy peligroso. No sólo para los demás, ésos que acaban siendo diana de sus juicios, sino para sí mismo. Nada es más pernicioso para alguien, y sobre todo para un creyente, que sentirse superior, más y mejor dotado para imponer su opinión.
Por eso, quiero compartir con vosotros una “neoparábola” para “neoconversos”, y también para “arcaicoconversos”. Disculpadme el poquito de mala uva que destila. No es mi intención molestar a nadie, sino mostrar en qué podemos convertirnos los creyentes, siempre en peligro. Ahí va:
El publicano bajaba de la colina del Templo de Jerusalén “justificado”, esto es, consciente de que había llegado a ser amigo de Dios. Bajaba alegre, mirando al cielo y saludando cordialmente hasta a los desconocidos, con los que se cruzaba. Era el prototipo del hombre que acaba de recibir la buena noticia del evangelio, y que se la ha creído. Aquella noche no pudo dormir de la alegría.
El fariseo bajaba de la colina del Templo desconcertado. No entendía la lógica de Dios. Él siempre había querido superar el puro ritualismo. Estaba absolutamente convencido de que las ofrendas que presentaba en el Templo no serían gratas a Dios si a la vez no cumplía sus mandamientos, o si ofendía a un hermano. Por eso había subido al Templo para presentar a Dios, junto con el sacrificio litúrgico del cordero ritual del holocausto perpetuo, el sacrificio vital de su buen comportamiento personal, familiar y profesional. No le había pedido a Dios ningún favor egoísta. Tampoco había hecho ostentación de sus buenas obras, como si creyera que con ellas se hacía merecedor de la recompensa divina, sino que, teniéndolo todo por don de Dios, había empezado su oración diciéndole: “Oh Dios, te doy gracias porque…”. Aquella noche no pudo dormir de la tristeza.
Amaneció un nuevo día. El segundo día es a veces más delicado que el primero. El fariseo y el publicano subieron de nuevo al Templo a orar.
El fariseo continuaba desconcertado. La noche de insomnio no le había aclarado las ideas. Estaba desconsolado por la sentencia condenatoria que le había caído encima el día anterior. No paraba de dar vueltas al problema de dónde podía radicar el fallo de su sistema religioso. Aquel día no empezó su oración diciendo “Oh Dios, te doy gracias”, sino “Oh Dios, no te entiendo”.
El publicano había subido al Templo con la euforia típica de los neoconversos. Como ya era amigo de Dios, entró en el Templo como Pedro por su casa. Ya no tenía por qué quedarse al fondo de todo, y menos aún golpearse el pecho lleno de compunción. A empujones y codazos se abrió paso hasta la primera fila y, mirando al cielo y levantando sus brazos en actitud de oración, rezó así:
“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como este fariseo, que desconoce tu misericordia y presume de sus buenas obras. Le estuvo muy bien lo que ayer le dijiste. Ahora ya no hace falta que yo siga implorando tu misericordia, porque sería como dudar de tu perdón. Cierto que había acumulado muchas riquezas con los impuestos que había recaudado indebidamente, pero daré la mitad a los pobres y restituiré el cuádruplo. Ya verás qué impacto causa en Jerusalén mi conversión”.
Entonces Dios le dijo: “Yo te aseguro que la forma más refinada de fariseísmo es pretender hacerse pasar por publicano, y todo aquél que se sienta demasiado satisfecho de haberse arrepentido tendrá que arrepentirse de haberse sentido demasiado satisfecho”.
Aquella noche ni el publicano ni el fariseo pudieron dormir, de tan preocupados como estaban.
Amaneció un tercer día. El tercer día es a veces el decisivo. El fariseo y el publicano ya se habían hecho amigos y subieron juntos al Templo. Se quedaron los dos en un lugar discreto, ni en primera fila ni al fondo y, sin levantar demasiado la vista dijeron a coro: “Oh Dios, cuéntanos de una vez qué es o que hace y qué es lo que impide que quede uno justificado”.
Entonces el Señor les respondió: “Lo que impide quedar justificado es empecinarse en clasificar a los demás dividiéndolos en fariseos y publicanos. Y lo que justifica es que, habiendo reconocido uno que lleva dentro un fariseo y a la vez un publicano, estrangules al fariseo para dejar que yo pueda convertir y salvar al publicano”.
Después de todo lo sucedido y de lo que Dios había dicho, el fariseo pensaba que ya casi había desentrañado la cuestión, pero todavía se atrevió a formular una última pregunta: “Así, pues, para estar yo seguro…”. Pero el Señor lo atajó diciéndole: “Esto es precisamente, hijo mío, lo que no te conviene y has de tratar de evitar: estar seguro”.
Aquella noche tanto el fariseo como el publicano tenían mucho sueño y durmieron de un tirón, como un niño en brazos de su madre.

lunes 14 de febrero de 2011

Sobre el trigo y la cizaña...

Vi el sábado por la noche un documental sobre Carlomagno. Sí, sí… el tipo aquel que durante los últimos años del siglo VIII y los primeros del IX de nuestra era iba imponiendo el cristianismo (o ese sucedáneo en el que se había ya convertido por aquellos tiempos) a fuego y sangre, bajo el lema de “O eres de los míos, o no serás”.
A nadie se le escapa que no estamos hablando de religión, sino de poder y de política. Eso lo tengo bastante claro. No creo que la religión tenga la culpa de estas tropelías. Otra cosa es que me equivoque en mis percepciones, como todo hijo de vecino. Pero es que me parece que demasiadas veces se ha hablado de guerras de religión, cuando lo cierto es que no eran sino guerras a secas, guerras por el poder secular, en las que los reyes y emperadores utilizaban la religión como un arma de destrucción masiva. Cierto es, también, que los prebostes religiosos se dejaban hacer, porque ese escenario también les daba mucho poder a ellos. Pero la religión no fue nunca un fin en sí mismo, sino el medio oportunamente empleado. La prueba palmaria es que muchos de los gobernantes, ésos que jamás iban ellos mismos a la guerra, e incluso mandaban a ellas a los hijos de otros y nunca a los suyos, cuando les convenía cambiaban de chaqueta religiosa. Todo un espectáculo. Pero eso es harina de otro costal, y merecerá una reflexión aparte otro día.
Al hilo del documental sobre el Gran Carolus, me parece conveniente seguir escribiendo algo sobre la capacidad de comprensión. Porque tengo la impresión de que, cuando se sacan a la luz determinados recuerdos del pasado, sucede exactamente lo mismo que cuando se agitan los bajos fondos estancados bajo una superficie aparentemente limpia: el agua huele mal. Y hay muchas personas que no soportan olores demasiado fétidos. La reacción, entonces, es la intolerancia; echando mano, si es preciso, a un clavo ardiendo.
A mí me parece que tenía razón A. Sajarov cuando dijo que “la intolerancia es la angustia de no tener razón”. El eminente físico ruso que fue Sajarov experimentó, en sus propias carnes, lo que representa en la vida la intolerancia de quienes carecían de razones para prohibirle acudir a Oslo a recoger el Nobel de la Paz. Por otra parte, la certera formulación de Sajarov sobre la intolerancia se palpa cada día con más fuerza. Porque cada día hay más gente que vive la angustia de no tener razón para oponerse a cosas que no está dispuesta a tolerar. Y es que estamos tocando fondo.
Viendo las cosas con los ojos de la fe, uno se acuerda enseguida del texto más sencillo y más profundo que se ha escrito sobre la tolerancia. Me refiero a la parábola que Jesús contó sobre la cizaña (Mt 13, 24-30).
Los siervos que quieren segar la cizaña, antes del tiempo para eso, son aquellos que piensan que los falsos apóstoles y los heterodoxos deben ser eliminados por la espada y los suplicios. Pero el dueño del campo no quiere que se les destruya sino que se les dé tiempo, pues quizá se enmienden y, de la cizaña que eran, se tornen trigo. Y si no se enmiendan, déjese a su juez el cuidado de la finca, pues es quien conoce mejor los tiempos y las estaciones.... Mientras tanto, hay que permitir a la cizaña estar mezclada con el trigo, puesto que habría más daño en suprimirla que en soportarla. Y todo esto, por dos motivos esenciales:
1) Porque si somos creyentes o, al menos, nos queda algo de sentido común, lo más serio que podemos hacer es “dejar a Dios ser Dios”. Es decir, la sabia capacidad de juzgar en serio, con todo lo serio que esto es, le corresponde a Dios. Y nadie tiene derecho a usurpársela ni a apropiársela. Dejemos, pues, que sea Dios quien decida sobre quién es trigo y quién es cizaña.
2) ¿Es malo que convivan el trigo y la cizaña? Peor es ir por la vida con la pretensión de que soy yo el que veo las cosas como son, y tengo siempre la razón. ¿Por qué es eso lo peor? Porque lo más determinante en la vida no son las “verdades”, sino las “convicciones”. Las mil guerras y batallas de la verdad contra el error han ensangrentado demasiadas páginas de la historia. Y ¿para qué? Para causar espantosos sufrimientos y no arreglar nada. Sin embargo, ¿quiénes son los que más han influido en la vida de los pueblos y han cambiado - para bien o para mal - el destino de los pueblos? Los que han sido marcados con la fuerza de las más profundas convicciones. El que está convencido de una cosa, la hace. Y si no la hace, es que no está convencido de tal cosa.
He dejado escrito muchas veces (y lo repito de nuevo) que ahora necesitamos más que nunca la comprensión. Porque el trigo y la cizaña están más mezclados de lo que imaginamos. Y más que se van a mezclar. Por eso, sin duda alguna, la vieja “rabia teológica” (de la que tanto se habló en los ambientes eclesiásticos medievales) está ahora más floreciente que nunca. Por eso, a quienes insultan y ofenden; a quienes ridiculizan y atacan asestando el golpe donde más duele; a quienes censuran todo lo que no les gusta, o no les viene bien que se diga; a quienes no toleran la más mínima discrepancia; los que por delante, y a la cara, te sonríen y te dan palmaditas paternalistas en la espalda, pensando para sus adentros que no te ha amanecido, pero por la espalda te apuñalan y echan ante otros insidias pestilentes; e incluso a aquellos que van de cara (eso sí, escudados en el anonimato que otorga internet) y te denuncian para que no puedas publicitar tus opiniones en los foros de las redes sociales, yo les pregunto: ¿es que no tienen más argumentos? ¿no tienen otras razones de las que echar mano? Que recuerden la parábola del trigo y la cizaña, y quién debería tener el control de los tiempos y de las estaciones.
Me parece a mí que los segadores precoces, aquellos que siempre tienen prisa para juzgar, sentenciar y condenar al ostracismo a quienes no les dan la razón, sólo hacen ostentación de una cosa: de la enorme angustia que segrega en ellos la sinrazón y la intolerancia. Sajarov dixit…

(Texto inspirado por una reflexión del teólogo José María Castillo)

lunes 7 de febrero de 2011

SER COMPRENSIVOS


Ayer me desayuné con una noticia que me puso los pelos de punta. El titular decía así:
“Muere una niña de 14 años en Bangladesh tras recibir 100 latigazos”.
Se llamaba Mosammet Hena, y había sido condenada a sufrir esta flagelación por mantener, presuntamente, relaciones sexuales con un primo suyo casado. Sus padres defienden que, en realidad, la niña había sido violada.
Y miro, estupefacto, agotado hasta la náusea de tanta intolerancia, la fotografía del padre de la niña, con las manos tensadas como cuerdas de arco hacia el cielo, pidiendo justicia o entregándose a la locura. Con la boca abierta hasta parecer un volcán que erupciona y escupe el fuego de una ira comprensible. Miro sus ojos abiertos, pero no los veo. En su lugar, dos órbitas en blanco. Como si ya no hubiera nada que ver; como si ya nada mereciera la pena ser visto. No veo lágrimas en sus mejillas, arrugadas por el tiempo y la miseria. Secos los surcos de la piel, y seca el alma. Ni llorar puede. Como si la angustia succionase  la fuente de todo. Como si la esperanza se le evaporase entera. Ahora ya no es un hombre. Es el padre de una niña muerta, y lo será para siempre, por una especie de intolerancia que respira y devora, que anda suelta y sin bozal..
Todos (o casi todos) tenemos un mínimo de sensibilidad, y estos casos tocan fibras sensibles que están insertas profundamente en lo más humano de cada uno. A quien no se le muevan las entrañas ante casos así, es que no merece la pena ser llamado humano. Ninguna cultura, ninguna religión, ninguna creencia pueden ser atenuantes de una salvajada parecida. Antes que nada está lo humano, la vida. Antes que cualquier religión, cualquier ley, cualquier cultura. Porque sin vida no hay nada. Sin derecho a la vida no hay nada. Si Dios está por encima de la vida, no hay nada.
En realidad, con Jesús vino a decirnos Dios que nada hay por encima de la vida y de la dignidad de las personas. Ni siquiera él mismo. Ninguna idea, ni creencia, ni dogma, merecen la muerte de nadie, sin no es libremente escogida.
Esa foto, que miro con una insoportable sensación de ahogo, me provoca, me escandaliza, me empuja a declarar la guerra contra toda forma de intolerancia, cuya expresión más salvaje suele ser la religiosa. Y me vuelco en los evangelios, como si necesitase un bálsamo para tanta herida. ¿Qué me cuenta Jesús de todo esto? ¿Cómo juzgaba él los errores de la gente, y a la gente que los cometía? ¿Y cómo juzgaba a quienes los juzgaban, a veces hasta la muerte?
Si nos atenemos a lo que cuentan los evangelios, nos llevamos la sorpresa de que Jesús fue escandalosamente comprensivo con personas y grupos con los que ningún hombre, reconocido como observante y ejemplar desde el punto de vista religioso, podía ser comprensivo. Al tiempo que se mostró extremadamente crítico con aquellos que se veían a sí mismos como los más fieles y los más exactos en su religiosidad. Jesús fue comprensivo con los publicanos y pecadores, con las mujeres y con los samaritanos, con los extranjeros, con los endemoniados, con las muchedumbres del gentío (óchlos), una palabra dura que designaba a la “plebe que no conocía la Ley y estaba maldita”, a juicio de los sumos sacerdotes y de los fariseos observantes (Jn 7, 49; cf. 7, 45).
Y es curioso, pero esa “chusma” es la que aparece constantemente acompañando a Jesús, escuchándole, buscándole.... Los relatos de los evangelios son elocuentes en este punto concreto y repiten muchas veces que el “gentío”, la “muchedumbre”... era la que buscaba a Jesús, la que le oía, la que estaba cerca de él. Y aquella mezcla de Jesús con el “gentío” llegó a ser tan agobiante, que hasta la familia de Jesús llegó a pensar que había perdido la cabeza (Mc 3, 21).
Jesús compartía mesa y mantel con gente pecadora, lo que daba pie a murmuraciones por causa de semejante conducta (Lc 15, 1 s). Jesús siempre defendió a las mujeres, por más que fueran mujeres poco ejemplares. Hasta llegar a decir que los publicanos y las prostitutas entraban antes que los sumos sacerdotes en el Reino de Dios (Mt 21, 31). Jesús defendió a una famosa prostituta en casa de un conocido fariseo (Lc 7, 36-50). Como defendió el derroche de perfume que hizo otra en la cena de homenaje que le hicieron a Jesús (Jn 12, 1-8). Y sabemos que, cuando iba de pueblo en pueblo por Galilea, le acompañaban, no sólo los discípulos y apóstoles, sino también bastantes mujeres, entre ellas una de la que había expulsado siete demonios (Lc 8, 1-3). Jesús siempre se puso de parte de los cismáticos y despreciados samaritanos, hasta poner como ejemplo de humanidad a uno de ellos, frente a la dureza de corazón del sacerdote (Lc 10, 30-35).
Con lo dicho hay suficiente para hacerse una idea de lo “escandalosa” que tuvo que resultar la actitud comprensiva de Jesús. Ser comprensivo con los que viven y piensan como cada cual vive y piensa, eso no es sino sentido común. El problema está en saber con qué debemos ser tolerantes. Y qué cosas no se deben tolerar. Por supuesto, aquí tocamos un tema extremadamente difícil de precisar y delimitar con exactitud.
Yo creo que todo depende de aquello que para cada cual es “intocable”. Desde el punto de vista del Evangelio, “lo intocable” ¿es “lo religioso” o es “lo humano”? Creo que es capital , para un creyente en Jesucristo, tener bien planteada y bien resuelta esta pregunta. De sobra sabemos que, por salvaguardar los derechos de la religión, a veces no se respetan los derechos humanos. Por defender un dogma, se ha quemado al hereje. Como por asegurar un criterio moral, se ha metido en la cárcel al homosexual o se apedrea a una adúltera, o se flagela hasta la muerte a Mosammet.
Es sintomático que los enfrentamientos, que, según los evangelios, tuvo y mantuvo Jesús, fueron con gente muy religiosa, al tiempo que se llevó bien con los grupos humanos que la religión despreciaba o perseguía. Es evidente que, para Jesús, su relación con el Padre del Cielo era lo central. Pero lo que pasa es que Jesús entendía al Padre del Cielo de forma que ese Padre no hacía diferencias. Y por eso es el Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos; y manda la lluvia sobre justos y pecadores (Mt 5, 45). Porque es humano necesitar el sol y necesitar la lluvia. Cosas que, por lo visto y a juicio de Jesús, son más intocables que la “bondad” de unos o la “maldad” de otros.
¿Que todo esto entraña sus peligros? Sin duda alguna. Pero a mí, por lo menos, me parece que es mucho más peligroso dividirnos y enfrentarnos por motivos religiosos, de forma que tales motivos justifiquen las mil intolerancias que hacen la vida tan desagradable y hasta puede ser que la lleguen a hacer sencillamente insoportable. Eso nos hace daño a todos. Y además daña - y mucho - a la religión. ¿Por qué, si no, la religión se ha hecho tan odiosa para no pocas personas, muchas de las cuales sabemos que son gente honrada a carta cabal? Las religiones tendrán que pensarse este asunto. Y tendrán que hacerlo de prisa y con toda honestidad, si es que quieren que la historia no las arrolle, y las deje tiradas en las cunetas de los muchos caminos de este mundo.
En recuerdo a Mosammet Hena, niña de 14 años muerta a latigazos por ser acusada de acostarse con su primo casado.
PD: Imagino que os preguntaréis dónde está el primo. Pues en paradero desconocido, como debe ser…

lunes 31 de enero de 2011

ENFERMAR...

Yo también, como los demás, me enfermo. Como todos los demás. De la misma forma. Ser cristiano no me ha proporcionado ningún privilegio. El azote de la enfermedad que hiere a todos por igual me llega y siento su dolor y su angustia. Nunca he sido objeto de un milagro objetivo que me haya devuelto la salud. Soy escéptico en lo que se refiere a las curaciones milagrosas, a pesar de que en ningún momento las niego, pero nunca he participado en una de ellas. Siento que la vida es la vida y la enfermedad forma parte de ella. La he de sufrir.

Pero nunca he pensado que la enfermedad sea voluntad de Dios. Ni tampoco que era consecuencia de un pecado que había cometido. Estoy muy lejos de los amigos de Job que lo querían convencer de su culpa en la situación extrema en que se encontraba. Sé que Dios no quiere la enfermedad, ni la desgracia, ni la muerte. Es el Dios de la vida y de la plenitud. Y cuando me habla, por medio de su Palabra, o por medio de su Espíritu de la Creatividad, me invita a mirar hacia arriba, hacia el Reino de Dios, donde no hay clamor, ni llantos, ni dolores. Pero no podemos evitar la situación presente, provocada, de forma que ahora no podemos comprender, por la realidad del pecado. Es nuestra situación. Se nos escapan las razones que justifiquen la presencia del mal y del dolor. Simplemente, están ahí. Y nuestra tarea no es tanto tratar de comprender el por qué, sino como luchar para minimizar sus efectos.

Orar, cuando estoy enfermo, es la esperanza. No sé si entonces espero que el Señor me cure. Nunca estoy seguro. Pero sé que poner mis cosas en sus manos me hace bien, me ayuda, me fortalece, Estoy en las manos de Alguien que no puede controlarlo todo, pero sí mi corazón, mi esperanza, mis ilusiones y sueños. Y sé, también, que no hay nada que me pueda dañar de forma definitiva. Mi oración es siempre un grito de auxilio, la mayoría de las veces inarticulado, pero sé que El me escucha y me contesta con su silbo apacible.

De todas formas, en Dios no busco tanto la solución a todos mis problemas, como la fuerza para afrontarlos. Eso también lo aplico a la enfermedad. No pretendo estar exento de sufrirla. Sé que una y otra vez llamará a mi puerta, y no tengo derecho a ser diferente de los demás. Tampoco tengo caminos alternativos. Soy uno más en la rueda de la vida y me toca lo que me toca. Lo que entonces busco y encuentro es la fuerza del Espíritu, la seguridad de no haber sido olvidado, la certidumbre de su presencia y la fuerza interior para seguir adelante sin hundirme, sin permitir que aquella situación cierre las puertas a la esperanza y me conduzca a una ruina moral y espiritual. Y en esto reside mi gozo y mi privilegio.

He aprendido que en cualquier situación, por trágica y dolorosa que sea, siempre hay una luz. Es la presencia de Dios. Donde Él está, todo puede pasar, nada es imposible. Incluso es capaz del mayor de los milagros: que yo no pierda la fe, y eso es un auténtico portento. Eso me da fuerzas e ilumina mi camino. No estoy solo, porque los que me quieren me abrazan y me regalan su cariño, su consuelo. Y porque mi Padre del Cielo también está conmigo, y lo siento pegadito a mi mejilla. Continúa siendo el Dios de la luz, incluso en las situaciones extremas de enfermedades. Entonces es el momento apropiado para decir con el salmista: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”(Salmo 39: 7).

lunes 24 de enero de 2011

LA LÓGICA DE CAIFÁS...



"Si eres un disidente, normalmente te ignoran.
Si no pueden ignorarte, y no pueden responderte,
te desacreditan." Noam Chomsky

Tenía razón Chomsky cuando escribía que si eres un disidente y no pueden ignorarte, ni responderte, te desacreditan. El caso de Jesús de Nazaret es paradigmático de lo que el respetado lingüista estadounidense afirma en su “Chomsky: Obra Esencial”.

A Jesús nadie le podía ignorar (Mt. 4:24), y era difícil responderle (Mc.. 12:13-17; 34.).... y el pueblo le seguía (Mc. 12:37). Su disidencia de una teología y praxis religiosa desorientada era meridianamente clara, y sus palabras no dejaban ningún resquicio que pudiera provocar malos entendidos (Mt. 23 es un buen ejemplo de ello). De ahí que los que ostentaban el poder religioso de su tiempo pasaran directamente a desacreditarlo delante del pueblo y de sus seguidores y seguidoras.

Según el Evangelio de Marcos, los escribas procedentes de Jerusalén -centro del poder religioso- le desacreditaron afirmando “que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera demonios” (Mc. 3:22). Anteriormente “los suyos” pensaban de él que “estaba fuera de sí” ((Mc. 3:21), que es lo mismo que decir que estaba loco.

En otra ocasión, según el Evangelio de Juan, le vuelven a desacreditar con insidias a las que se daba mucha importancia en aquellos tiempos. Y así, algunos afirman que él es un hijo nacido de fornicación (Jn. 8:41). Le acusan públicamente de blasfemo (Mt. 26:65), de ser un rebelde frente al poder del Imperio (Jn. 19:12-16), y finalmente le muestran en público en un estado lamentable, resultado de las torturas a las que había sido sometido. Y el pueblo, que antes le había seguido, clama a una voz contra el Nazareno: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos! (Mt 27:22-25). Todo acabó con una crucifixión pública, donde las chanzas y el descrédito continuaron (Lc.23). El objetivo había sido alcanzado: Jesús, por fin, había sido desacreditado y asesinado, y el pueblo manipulado por el vértice de las estructuras, religiosas en este caso, de poder (Mt. 27:20)

Y eso es lo que sucede con los que disienten, los sospechosos y sospechosas de no ser incondicionales con las estructuras de poder con las que muchas de nuestras instituciones sociales y religiosas se dotan. Ellos, ellas, disienten -por ejemplo- de la lógica de los “Caifas” de este mundo (sean éstos de izquierdas o derechas en lo político; sean progresistas o conservadores en lo teológico) que sin pudor afirman: “nos conviene que una persona muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (Jn. 11:50). La lógica de Caifas enmascara de preocupación por el pueblo su interés por conservar los privilegios de clase que le concede la estructura de poder en la que se mueve. Privilegios que veía poner en peligro por la praxis y mensaje de Jesús de Nazaret. Y, ante esto, los discípulos y discípulas del Mesías sólo pueden ser incondicionales del reino de Dios y su justicia. Nada más, ni nada menos.

Tengo la impresión de que nuestras sociedades y nuestras iglesias están tienen carencia de disidentes. Mujeres y hombres que, a la manera de Jesús de Nazaret, se pongan al servicio del reino de Dios y, por ende, al servicio del Dios que se nos manifestó en Jesús. Como también escribirá Chomsky, “se puede ganar mucho con el activismo -yo diría con el seguimiento de Jesús- ... pero también se pueden perder muchas cosas. Y algunas de ellas no carecen de importancia, como por ejemplo la seguridad. Eso no es algo secundario. Y la gente sencillamente tiene que tomar su decisión sobre el particular cuando decide qué va a hacer” (Chomsky: Obra esencial, Edit. Crítica, p. 257).

Al hilo de lo que escribe Chomsky, me viene a la memoria ese dicho de Jesús que afirma, de manera rotunda, “No penséis que tras de mí sólo habrá paz en la tierra; no sólo habrá paz, sino también espada. Porque el hijo discutirá con su padre, la hija con su madre, y a la nuera con su suegra. De modo que los enemigos de uno serán sus propios familiares El que, ante esta disyuntiva, prefiere la comodidad de la familia, no ha entendido mi misión; quien prefiere ponerse de parte de su padre o de su hijo antes que del Reino de Dios, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que haga componendas para salvar su vida, corre el riesgo de perderla; en cambio, el que comprometa su vida por causa mía, la salvará” (Mat. 10 34-39).

Poner en riesgo nuestra forma de vida -renunciar a la seguridad- por causa del reino de Dios... Ahí está la cuestión. No existe otra opción para los seguidores y seguidoras de Jesús: Tomar la cruz que ponen sobre nuestros hombros los centros de poder y caminar con ella haciendo frente a los poderes brutales de este mundo, sean éstos políticos, económicos o religiosos. No hay otra salida. No existe otro camino para el/la activista del reino de Dios. Es extremadamente difícil, ciertamente. Pero es vital para que la luz del Reino no se extinga…