Rescato para esta entrada un artículo de Eduard Punset, aparecido en el XL Semanal de 24-31 de Octubre de este año. Lo imprimí, lo fotocopié y lo distribuí entre los miembros del grupo en el que estudio la Biblia en mi comunidad religiosa. He de reconocer que no sin una cierta polémica con alguno de mis compañeros de estudio.En su texto, Eduard Punset reflexiona sobre los mecanismos neurobiológicos que están detrás de la certeza de tener la razón. Las investigaciones científicas sobre esta asunto arrojan conclusiones altamente interesantes, sobre todo para los grupos que basamos nuestra razón de ser en certezas que raramente tienen pilares "experimentales", sino más bien "experienciales". Esto debería producir una cierta humildad, un saberse siempre en búsqueda, un construirse de poco a poco, siendo conscientes de que muy pocas cosas de nuestra experiencia como creyentes son exportables , mediante la palabra o el experimento, a los que no creen, y sí lo son mediante la vivencia o la experiencia. Nuestro testimonio conecta mucho más desde lo que somos que desde lo que decimos.
Espero que este artículo nos permita reflexionar sobre por qué creemos lo que creemos, por qué no creen los que no lo hacen, y los puntos de encuentro que puede haber entre estos dos paradigmas. Ahí va el artículo:
"Estar en lo cierto, el sentimiento de saber que uno tiene razón, obedece a un proceso mental que no es muy distinto del que ya hemos descubierto que existe entre el pensamiento supuestamente consciente y la ansiedad o el miedo. Al estudiar la inteligencia, descubrimos no hace mucho ese mundo misterioso dominado por la emoción. No tenía nada que ver, o muy poco, con la razón; y llegamos a darle un nombre propio: inteligencia emocional.
Sin embargo, hasta ahora apenas hemos profundizado en el sentimiento de saber que uno sabe, en qué pasa en nuestro cerebro cuando se está convencido absolutamente de algo. Tendemos a creer que «lo que sabemos a ciencia cierta» lo sabemos de verdad. Ahora bien, si evaluamos algunos de los últimos avances neurológicos, no parece que ésa sea la realidad. Debiera habernos alertado de nuestro error el observar a tanta gente negarse, en redondo, a renunciar a una disonancia cognitiva; es decir, a rechazar una convicción como la prodigada por una secta misteriosa «¡el planeta Tierra se va a inundar!, afirman esos falsos profetas, por ejemplo, en contra de todas las evidencias».
Al contrario, cuanto mayor haya sido la visibilidad del compromiso adquirido, más terca es su resistencia a abandonarlo. ¿Quiere decir esto que hay algo biológico e incontrolable incluso en el sentimiento de saber que sabemos algo de veras? Lo que voy a sugerir debería sacudir en su pedestal a los convictos y confesos, a todos los dogmáticos, a los que están convencidos de que han llegado a una conclusión determinada después de pensarlo mucho y que están tan cargados de razón que van a seguir detrás de esa bandera cueste lo que cueste.
La neurología moderna está sugiriendo que el sentimiento de certidumbre de que hace gala mucha gente no es el fruto de una elección consciente ni tampoco un proceso puramente mental. La certeza o estados similares a «saber lo que sabemos» son el fruto de mecanismos cerebrales involuntarios que, al igual que la rabia o el amor, funcionan independientemente de la razón. Ciertas convicciones propias pueden expresarse o mantenerse sin ningún razonamiento o pensamiento consciente. Son formas de pensar que no pueden clasificarse con las emociones, ni con los estados de ánimo ni con los pensamientos. La convicción de haber acertado, de tener razón, no es realmente una conclusión, sino pura sensación mental que nos afecta en un momento dado. Estos estudios recientes pueden ser interpretados de muy diversa forma, pero lo cierto es que no tendremos más remedio que incorporar en la vida cotidiana los límites del conocimiento que nos muestra el análisis del cerebro.
Hará falta en el futuro ahondar en el papel que las simples sensaciones mentales «que no son ni emociones ni conclusiones racionales» desempeñan en la formación de nuestras convicciones y pensamientos. La ciencia nos ha otorgado un instrumento valiosísimo: el cálculo de probabilidades. Ahora contamos con métodos para analizar y priorizar las opiniones de acuerdo con la probabilidad de que sean correctas. Esta aproximación nos debería resultar suficiente, y renunciar para siempre a las catástrofes provocadas por los que creen estar absolutamente en lo cierto.
Da pena y miedo constatar que más de medio mundo sigue convencido de que «arropado por el credo o la razón» debería aplastarse al otro medio convencido de lo contrario. El sentimiento de saber y de estar convencido, poseído por la convicción y la certidumbre, son meras sensaciones mentales que nos acaecen de vez en cuando. Vale la pena estudiarlas y aquilatar su impacto, pero no creerlas del todo, todo el rato."
Que nos aproveche la digestión...
¡Pobres de los fanáticos de uno y otro bando! Adiós al firme fundamento de la fe inconmovible e inamovible en lo que sea (Dios, religión, ciencia… da lo mismo). Ahora resulta que mi certeza de tener la razón no pasa de ser una triste sensación. ¡Cuanto ricino de humildad hay que tragar para que esto no se nos indigeste!
ResponderSuprimirYa en 1970, mi progre profesor de sociología nos aseguraba que en realidad la libertad no existe, porque el pensamiento del ser humano no es sino el producto de reacciones físicas y químicas, y que decidimos en función de ellas. Es decir, pensamos lo que pensamos por iniciativas no vinculadas a la libertad sino a procesos que la ciencia puede determinar. En definitiva, que estamos condicionados y predeterminados.
ResponderSuprimirRecuerdo que le discutí la cuestión de fondo y que la libertad no es una cuestión lineal, que se tiene o no se tiene, sino que son círculos concéntricos que la amplían o restringen en función de múltiples variables.
No hacía mucho pude comprobar la realidad de lo que decía. Dos años antes yo era un católico muy convencido. Casi fanáticamente convencido. Parecía estar determinado a serlo de por vida. Sin embargo, un día conocí la Iglesia Adventista, aunque no tenía ni el más mínimo interés en ella. Más bien al contrario, sentía animadversión y me resistí a conocerla. Tanto que unirme a ella me costó muchísimas lágrimas y disgustos.
Las reacciones físico-químicas que indicaba mi profesor me debieran haber impedido cambiar de religión, algo que iba contra mi pensamiento más profundo. El catolicismo sin duda formaba parte de mi adn personal y mi conversión representó un giro copernicano en mi mente, casi contra natura. Y fue así porque el Espíritu Santo ni es física, ni es química pero interviene y controla los circuitos neuronales.
Por familia, prácticas y convicción yo estaba predeterminado a ser católico, y sin embargo... ¡Algo falla en estos teólogos de la materia!
Ahora bien, tengamos cuidado con desacreditar los avances científicos porque no cuadran con nuestras teorías o, incluso, porque nos parecen irracionales. No siempre es así. Y en este caso, no podemos negar, en parte, que nuestro cuerpo y nuestra mente responden a reacciones físico-químicas. Una vida insana, por ejemplo, produce el deterioro de ciertas neuronas y ciertas sinapsis. Y de ahí también la importancia de un estilo de vida sano. No es por capricho que la Iglesia Adventista lo interpreta como una forma de interrelación entre el cuerpo y la espiritualidad.
Así pues, por culpa del pecado tenemos una libertad muy restringida, comparada con la que tenían Adán y Eva, y la que tendremos en la eternidad, pero a medida que adecuemos el estilo de vida al que Dios desea, el círculo de nuestra libertad se irá ampliando. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Por eso me encanta ese principio tan adventista y que ahora frenado por la institucionalización tan poco se recuerda: “la verdad progresiva”.
Por cierto, como dice el comentario base de esta tertulia, a mí también me dan miedo las personas dogmáticas que creen estar seguras de todo. Los fariseos lo eran... y lo estaban... Por eso necesitamos tanto de una relación estrecha, personal y sistemática con Dios... No es por capricho que la Biblia lo enfatiza: es una necesidad. Hasta Cristo la necesitó. De no ser así, podríamos llegar a ser, sí, sólo física y química, sensaciones y emociones. Y... qué pena, ¿no?