lunes 20 de diciembre de 2010

Iglesia-bazar versus Iglesia-catedral…


Son muchos los que afirman que hemos vuelto a una situación de caos, de manera que la solución sería retornar de manera fundamentalista a posturas muy jerárquicas, conforme a un modelo platónico-imperial en el que todo se resuelve desde arriba.  Se trata de un fenómeno explicable:

Cuando han caído las antiguas referencias (sistemas sagrados), y no se han cumplido las promesas de paz y concordia que la Ilustración y el mismo cristianismo oficial habían ofrecido, muchos sienten la necesidad de refugiarse en modelos fuertes de seguridad, simbolizados en la imagen de una Catedral, donde todo está en orden, con un clero jerarquizado y acciones reguladas desde arriba.

Pues bien, pienso que ha llegado el tiempo de abandonar una catedral llena de seguridades, para iniciar el camino de Jesús desde el bazar de la vida.

Las catedrales son hermosas para desarrollar una religiosidad jerárquica, una liturgia sagrada, donde cada uno obedece al todo o conjunto, pero ellas corren el riesgo de impedir la creatividad espiritual. Pues bien, sin negar el valor artístico e histórico de las catedrales, quiero decir que la comunidad de Jesús se parece más al bazar de los mil intercambios de la vida, como en los antiguos atrios de las iglesias, donde hombres y mujeres hablaban y se comunicaban experiencias y amores.

La universalidad cristiana sólo es posible donde todos se miran y encuentran de modo directo, pues los temas de la vida no están hechos y resueltos de antemano (ni pueden resolverlos otros), sino que se van resolviendo a medida que los creyentes (hombres y mujeres que creen en  Dios creyendo unos en otros) se dan y reciben la vida (Mt 25, 31-46).

Este zoco o mercado de la iglesia es un lugar donde nadie triunfa ni se impone, ni siquiera el todo, pues no existe nadie o nada que domine por encima de los individuos, ni siquiera Dios, pues no es dominio sino Vida infinita que actúa en cada uno de los seres humanos, haciéndoles capaces de comunicarse de un modo personal.

Jesús no ha venido a imponer sobre los hombres el imperio de una ley sagrada mejor que las anteriores, ni a proclamar un talión universal (como principio de juicio), sino que ha ofrecido su Vida creadora, para que en ella vivamos y creamos (y creemos, del verbo crear…).

1. Abandonar la catedral.

Hemos pensado durante largo tiempo que la iglesia era como una catedral donde durante siglos se ha ido organizando desde arriba la vida de los fieles, de manera que todos y cada uno  tenían su lugar y función en el conjunto. Algunos pensaban que se había alcanzado ya la perfección, de manera que sólo faltaban algunos pequeños retoques para completar la trama del sistema eclesiástico. Pero el Nuevo Testamento (que habla de una iglesia construida sobre la confesión de Pedro, Mt 16, 18, es decir sobre la piedra de Jesucristo), presenta a Jesús como piedra desechada (Mc 12, 10-11), que no sirve para construir un edificio al estilo del templo judío, ni de una catedral.

Por otra parte, Jesús había anunciado el fin del templo, de manera que su iglesia no puede entenderse ya de esa manera, como organización legal-eclesiática. Más cerca del mensaje y vida de Jesús (hombre de plazas y caminos, siempre al aire libre de la vida) está la imagen del bazar-mercado, donde Jesús realizó su tarea y donde puede surgir la nueva comunión no impositiva de los hombres.

Leída en ese fondo, el fin de un tipo de jerarquía puede convertirse en un acontecimiento no  sólo afortunado, sino providencial para el evangelio. Frente al templo-catedral de su tiempo, donde el Sumo Sacerdote regía de un modo unitario la trama de rituales sagrados y el orden de las personas, Jesús puso en marcha un movimiento de vida, comunicación y convivencia amorosa, liberadora, en el mismísimo medio del bazar multiforme de la vida, donde hombres y mujeres de diverso origen pudieron encontrar y encontraron un lugar para compartir experiencias y enriquecerse unos a otros, cambiando y regalando sus dones, de un modo inmediato, sin intermediarios de poder externo.

El evangelio de Jesús nos sitúa así en el mundo concreto de  los pobres, enfermos, expulsados del sistema, en el «bazar o plaza abierta» donde hombres, mujeres y niños conviven de un modo espontáneo. El comportamiento de Jesús trastornaba los órdenes legales y sagrados de la sociedad, porque ponía en comunión directa a todos, y de un modo especial a los más pobres, sin hacerles pasar bajo el control de los sacerdotes o maestros de la ley.

Sus seguidores rompieron los muros antiguos de la estructura imperial y empezaron a comunicarse de un modo inmediato, creando relaciones de convivencia directa, de manera que cada uno era una manifestación de Dios para el otro, por encima del imperio o del templo. Así formaban una red de gentes que se iban reuniendo para hablar y convivir, como en una plaza donde se relacionaban directamente, sin intermediarios o representantes superiores. Esta vinculación era posible porque, según el mensaje y camino de Jesús, cada uno reconocía la vida de los otros y aportaba la propia, escuchándose todos y descubriendo de esa forma a Dios desde los más pobres. Para ello no hacía falta crear una nueva estructura de poder (ni imperial, ni sagrada), sino vivir conforme al Espíritu nuevo, es decir, a la autoridad del amor.

Los cristianos podían creer en el Dios de Jesús cuando se creían y confiaban entre sí, descubriendo y desarrollando un nuevo horizonte de vida, expresada como gracia y comunicación: no tenían que esforzarse por conquistar nada, por aplacar a Dios, por conseguir méritos, por lograr virtudes. Sólo tenían que vivir, amándose mutuamente, en una comunión donde cabían y tenían palabra los más pobres, descubriendo y expresando así la vida de Dios.

De esa forma supieron que esa vida era fuerte y hermosa, y que merecía la pena acogerla, cultivarla y regalarla, como había  hecho Jesús, sabiendo que el tiempo de opresión y condena había terminado. Por eso, Jesús y los primeros cristianos no emplearon modelos de poder centralizado para cultivar la presencia de Dios. No tuvieron que construir un nuevo templo, ni necesitaron otro imperio religioso, sino que descubrieron que el templo de Dios es la misma creación (Gen 1), el diálogo concreto de los hombres, que se comunican (dando, acogiendo, compartiendo), como en un  bazar donde parece que reina el mayor desorden y, sin embargo, hay un precioso orden sutil.

El orden de la catedral viene de fuera, como una dictadura que se impone sobre la piedra y la madera muerta, «obra de las manos» de los hombres,  como Jesús dijo del templo (cf. Mc 1, 58, Jn 2, 21). Por el contrario, la iglesia de Jesús es un «edificio vivo», que se identifica con la vida y amor de los hombres, que van creando (no fabricando), con la ayuda de Dios, su propia humanidad. Esta visión de un «santuario humano» o cuerpo eclesiástico, que brota del amor mutuo de los hombres y mujeres, se sitúa en la línea de un modelo distinto de comunicación que han empezado a descubrir y aplicar las  mismas ciencias humanas. Tanto la informática como la economía y la sociología no siguen un orden lineal y sucesivo, sino de influjo combinado y sincrónico de mucho elementos.

En este nivel de interacción múltiple (no jerárquica) se sitúan y elaboran sus programas biólogos y economistas, políticos y sociólogos, descubriendo y promoviendo unas formas de organización que resultan imprevisibles (e imposibles) para una ciencia racionalista donde todo se estructura como en una cadena de causas y efectos. Estamos ante un tipo de vida que desborda el plano de la racionalidad de los sistemas lineales (de tipo jerárquico); estamos ante un orden que no se planifica ni manipula con los métodos de las ciencias racionalistas, que sólo trabajan con materias muertas (como en los edificios de las catedrales).

2. El bazar cristiano, la mano del Espíritu.

La vida no se puede razonar científicamente y, sin embargo, ha surgido y se ha extendido por doquier. Tampoco se puede razonar el surgimiento humano y, sin embargo, la humanidad ha surgido de manera que los hombres y mujeres han expandido su pensamiento sobre la superficie de la tierra. Algo semejante sucedió en el principio del cristianismo, entendido como un fenómeno social que estaba preparado desde antiguo y que, sin embargo, no puede explicarse sin más desde los datos anteriores. En el gran bazar de las relaciones sociales del siglo I d. C. surgió por Jesús una forma nueva de comunicación, una experiencia de humanidad cuyo ideal se expresa en el Sermón de la Montaña.

En este contexto, apelando a una imagen empleada por algunos economistas, podríamos hablar de una «mano invisible», divina, que actuaba en la nueva vida de Jesús y sus discípulos. No podemos demostrarla ni planificarla, pues no se ve, pero estaba ahí y se fue expresando, desde abajo, en el gran bazar de la vida, suscitando un tipo de intercambio personal y comunicación social que antes no existía: hombres y mujeres pudieron compartir la vida, existiendo unos en otros, siendo sin embargo libres.

De todas maneras,  esa imagen de la mano invisible resulta peligrosa, porque apelando a ella, los poderes del capitalismo han planificado y dirigido las ganancias globales al servicio del sistema y de sus privilegiados, oprimiendo a los pobres. Por eso prefiero hablar del Espíritu Invisible, que los primeros cristianos entendieron como presencia del amor de Dios, que se despliega por Jesús como fuente de vinculación gratuita, esencia de la iglesia.

Ese Espíritu se encuentra vinculado a la experiencia de Jesús y no es un poder impositivo y exterior, que dirige desde un lugar externo el despliegue del conjunto de la iglesia (como hace el arquitecto al construir la catedral), sino que es una presencia interna, hecha de contactos múltiples, espontáneos, creadores, que han sido despertados y promovidos por el mensaje y la experiencia del Señor resucitado. En ese contexto no podemos hablar de un arquitecto separado (que dirige y organiza desde fuera el conjunto de intercambios), sino de la multitud de intercambios del bazar o de la plaza donde vienen a expresarse los múltiples contactos de la vida de los hombres.

La iglesia pertenece al plano de la vida real y concreta, que se va expresando y creciendo desde sí misma, como espacio de encuentro donde los hombres y las mujeres, los creyentes, comparten la vida libremente, en amor personal y libre (y no en el interior del sistema que puede manipularse desde fuera). La vida no es una catedral ya construida, sino una red de conexiones múltiples que se van rehaciendo, recreando, desde si mismas, de un modo incesante, sin un centro superior, sin una imposición externa, pero con una unidad muy concreta que se va expresando en la red total de relaciones del conjunto. De un modo semejante, al hablar de la unidad de la iglesia, no podemos apelar a una mente o conciencia que rige sus movimientos desde fuera, sino a la misma red de relaciones personales de los creyentes que, en sentido teológico, podemos identificar con el  Espíritu de Dios.

Esta imagen del «bazar abierto y múltiple», presencia inmediata del Espíritu en que los hombres y mujeres se comunican entre sí, de un modo directo, puede ayudarnos a superar el modelo de la iglesia-catedral (con una jerarquía controlando las cosas desde fuera). Mirada desde fuera, la iglesia es un bazar de relaciones muy diversas, un prodigio de contactos personales, que se concretan en la palabra compartida. Mirada desde dentro, es un templo vivo donde cada una de sus «piedras» (cada creyente es templo de Dios: cf. 1 Cor 3, 16-17; 6, 19) crece y comparte el crecimiento con las otras, formando un «organismo» nunca previamente imaginado de comunicación y vida personal.

Jesús pudo construir ese organismo vivo, que es el movimiento que le sucedió, porque se dejó matar, no asumiendo ninguna posición de privilegio sobre los demás. Por eso digo que no construyó una catedral, ni quiso imponer a cada hombre y mujer un lugar fijo en su edificio, fijándolos allí, bajo obediencia, sino todo lo contrario: su iglesia está hecha de «piedras vivas», es decir, autónomas pero vinculadas entre sí y con Dios.

Ciertamente, esta imagen del bazar-iglesia (red-de-relaciones, comunidad de comunidades) no resuelve todos los problemas, pero puede ayudarnos a situar mejor la dinámica del evangelio, cuya vida no avanza desde fuera, dirigida por mentes superiores, ni siquiera por la de un Cristo «hombre divino», sino que se va desarrollando desde abajo, a partir de las mil interacciones de este inmenso bazar donde todos pueden comunicarse, y donde Jesús ha expresado y realizado para siempre el gesto supremo de su entrega creadora a favor de los demás.

De la iglesia-catedral no puede nacer nada, pues está construida y dirigida desde fuera. De la iglesia-bazar pueden surgir y surgen ideas, afectos y vida, por la comunicación inmediata de sus componentes vivos, de manera que ella puede entenderse como organismo multiforme dirigido por el Espíritu de Dios, que no sustituye a los hombres y mujeres para hacer algo en vez de ellos, sino que se expresa libremente a través de cada uno y de la interacción de todos, en un diálogo donde nadie puede anular la palabra de nadie, pues cada uno tiene la suya, impulsada por el Espíritu de la Creatividad de Dios, y todas son igualmente importantes.

3 comentarios:

  1. Hubo un tiempo en que los fieles, descontentos con lo que una iglesia rígida, fortificada y sombría les ofrecía, decidieron construir sus propias iglesias. Corrían los siglos XIII, XIV y XV. Los templos góticos eran lugares abiertos, llenos de luz, con cada detalle pensado para que el fiel que se acercaba comprendiera los misterios de la salvación, ya que la iglesia oficial recluía en sus monasterios y oscuras bibliotecas la revelación.
    Los peregrinos que se acercaban a aquellos hermosos edificios contribuían a dar a conocer lo que habían aprendido, aportando también sus conocimientos a la construcción, mantenimiento y ampliación del edificio.
    Aquellos templos góticos contribuyeron al intercambio de ideas y al enriquecimiento de la fe de todos los fieles. Construir en comunidad para la comunidad. En aquellas construcciones no existía un poder jerárquico, pero todo funcionaba con absoluto orden y respeto.

    La iglesia oficial, al percatarse del poder y de la influencia de aquellos edificios nacidos del esfuerzo del pueblo durante generaciones, se apropió de ellos convirtiéndolos en catedrales, en sedes arzobispales. De esta manera, con el paso del tiempo, la idea de construir en comunidad para la comunidad se perdió. La idea de orden se antepuso a la de respeto

    Pero la belleza de la construcción permanece. Su valor permanece. Su legado permanece.

    ¿Qué debe hacer el fiel? ¿Renunciar al legado de sus antepasados? ¿Entregar NUESTRA construcción a quienes no la construyeron? ¿Abandonar lo que se nos ha arrebatado?

    ¿Por qué no recuperamos el espíritu original de la construcción y metemos el bazar dentro de la catedral?

    Esther

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  2. Entendiendo lo que propones, Esther, he de confesar que me parece muy difícil. Por lo menos por ahora. Lo nuevo, lo fresco, lo espontáneo es complicado que nazca y crezca dentro de lo viejo...

    Ya lo dijo Jesús mismo en varias ocasiones: no se puede remendar un vestido viejo con un parche nuevo, porque el tejido nuevo tira tan fuerte de las costuras que acaba rompiéndolo todo. No se puede meter vino nuevo en odres viejos, porque cuando fermenta gana volumen y acaba rompiendo el odre.

    La propia vida del Maestro es una parábola que explica muy bien esto: su movimiento nace en el seno del judaísmo, pero se le queda tan pequeño, tan viejo; lo vetusto tiene tanto temor a enfrentar su propia forma de ser que acaba matándolo.

    Cuanto menos al principio, hay que salir de la catedral y sacar el bazar a la calle. Ya habrá tiempo después, si se tercia, de volver a los espacios perdidos, cuando lo nuevo y espontáneo haya cogido músculo y este suficientemente maduro.

    No hablo, por supuesto, de abandonar las iglesias a las que cada uno pertenezca. Hablo de paradigmas, de formas de entender la vida de la gracia. De no mezclar la alegría de la Buena Noticia con el evangelio rancio de las imposiciones. Al menos, no antes de que la primera se haya adueñado de todo el ser y el estar. Las componendas suelen acabar bastante mal, y los que las pretenden pueden acabar asimilados o excluidos...

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  3. El problema no es la catedral en sí. Todos, o al menos yo que puedo resultar bastante inmadura e insegura, necesitamos un marco de referencia en el que organizar nuestras ideas, pensamientos y sentimientos, y por tanto mi campo de actuación.
    Si entendemos la catedral como ese marco de referencia que todos los fieles hemos construido con nuestras pequeñas o grandes aportaciones, no es necesario crear un bazar en el exterior sino "abrir puertas y ventanas y que entre luz" y aire, e ideas y formas nuevas de actuar y gobernar.
    El problema es cuando hay un alguien o algo que decide por los demás. Que decide lo que los demás tienen que pensar, sentir o hacer cuando están dentro de la catedral.
    Y éste es un riesgo que también se corre en el bazar, porque tarde o temprano se formará una figura que regule el espacio que tienes, el volumen de la megafonía o las palabras políticamente correctas.
    Yo creo que se trata de restaurar lo que ya tenemos que es muy hermoso. Y una buena restauración consiste en asentar cimientos, reparar roturas, devolver a su lugar las piedras que alguien decidió que debían ser excluidas y aquellas que no encontraron su lugar en la construcción. El siguiente paso es la ampliación de las instalaciones, que no sea necesario un mercado alternativo.
    Puede que lo nuevo no pueda nacer de lo viejo, pero hasta donde yo conozco, las voces que reclaman la alegría de la Buena Noticia hemos nacido o criado dentro de la catedral. Jesús, Pablo y los demás apóstoles nacieron y se criaron dentro de lo vetusto.
    El problema surge cuando alguien se adueña de la catedral o del bazar.
    Esther

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