Yo también, como los demás, me enfermo. Como todos los demás. De la misma forma. Ser cristiano no me ha proporcionado ningún privilegio. El azote de la enfermedad que hiere a todos por igual me llega y siento su dolor y su angustia. Nunca he sido objeto de un milagro objetivo que me haya devuelto la salud. Soy escéptico en lo que se refiere a las curaciones milagrosas, a pesar de que en ningún momento las niego, pero nunca he participado en una de ellas. Siento que la vida es la vida y la enfermedad forma parte de ella. La he de sufrir.
Pero nunca he pensado que la enfermedad sea voluntad de Dios. Ni tampoco que era consecuencia de un pecado que había cometido. Estoy muy lejos de los amigos de Job que lo querían convencer de su culpa en la situación extrema en que se encontraba. Sé que Dios no quiere la enfermedad, ni la desgracia, ni la muerte. Es el Dios de la vida y de la plenitud. Y cuando me habla, por medio de su Palabra, o por medio de su Espíritu de la Creatividad, me invita a mirar hacia arriba, hacia el Reino de Dios, donde no hay clamor, ni llantos, ni dolores. Pero no podemos evitar la situación presente, provocada, de forma que ahora no podemos comprender, por la realidad del pecado. Es nuestra situación. Se nos escapan las razones que justifiquen la presencia del mal y del dolor. Simplemente, están ahí. Y nuestra tarea no es tanto tratar de comprender el por qué, sino como luchar para minimizar sus efectos.
Orar, cuando estoy enfermo, es la esperanza. No sé si entonces espero que el Señor me cure. Nunca estoy seguro. Pero sé que poner mis cosas en sus manos me hace bien, me ayuda, me fortalece, Estoy en las manos de Alguien que no puede controlarlo todo, pero sí mi corazón, mi esperanza, mis ilusiones y sueños. Y sé, también, que no hay nada que me pueda dañar de forma definitiva. Mi oración es siempre un grito de auxilio, la mayoría de las veces inarticulado, pero sé que El me escucha y me contesta con su silbo apacible.
De todas formas, en Dios no busco tanto la solución a todos mis problemas, como la fuerza para afrontarlos. Eso también lo aplico a la enfermedad. No pretendo estar exento de sufrirla. Sé que una y otra vez llamará a mi puerta, y no tengo derecho a ser diferente de los demás. Tampoco tengo caminos alternativos. Soy uno más en la rueda de la vida y me toca lo que me toca. Lo que entonces busco y encuentro es la fuerza del Espíritu, la seguridad de no haber sido olvidado, la certidumbre de su presencia y la fuerza interior para seguir adelante sin hundirme, sin permitir que aquella situación cierre las puertas a la esperanza y me conduzca a una ruina moral y espiritual. Y en esto reside mi gozo y mi privilegio.
He aprendido que en cualquier situación, por trágica y dolorosa que sea, siempre hay una luz. Es la presencia de Dios. Donde Él está, todo puede pasar, nada es imposible. Incluso es capaz del mayor de los milagros: que yo no pierda la fe, y eso es un auténtico portento. Eso me da fuerzas e ilumina mi camino. No estoy solo, porque los que me quieren me abrazan y me regalan su cariño, su consuelo. Y porque mi Padre del Cielo también está conmigo, y lo siento pegadito a mi mejilla. Continúa siendo el Dios de la luz, incluso en las situaciones extremas de enfermedades. Entonces es el momento apropiado para decir con el salmista: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”(Salmo 39: 7).
Pero nunca he pensado que la enfermedad sea voluntad de Dios. Ni tampoco que era consecuencia de un pecado que había cometido. Estoy muy lejos de los amigos de Job que lo querían convencer de su culpa en la situación extrema en que se encontraba. Sé que Dios no quiere la enfermedad, ni la desgracia, ni la muerte. Es el Dios de la vida y de la plenitud. Y cuando me habla, por medio de su Palabra, o por medio de su Espíritu de la Creatividad, me invita a mirar hacia arriba, hacia el Reino de Dios, donde no hay clamor, ni llantos, ni dolores. Pero no podemos evitar la situación presente, provocada, de forma que ahora no podemos comprender, por la realidad del pecado. Es nuestra situación. Se nos escapan las razones que justifiquen la presencia del mal y del dolor. Simplemente, están ahí. Y nuestra tarea no es tanto tratar de comprender el por qué, sino como luchar para minimizar sus efectos.
Orar, cuando estoy enfermo, es la esperanza. No sé si entonces espero que el Señor me cure. Nunca estoy seguro. Pero sé que poner mis cosas en sus manos me hace bien, me ayuda, me fortalece, Estoy en las manos de Alguien que no puede controlarlo todo, pero sí mi corazón, mi esperanza, mis ilusiones y sueños. Y sé, también, que no hay nada que me pueda dañar de forma definitiva. Mi oración es siempre un grito de auxilio, la mayoría de las veces inarticulado, pero sé que El me escucha y me contesta con su silbo apacible.
De todas formas, en Dios no busco tanto la solución a todos mis problemas, como la fuerza para afrontarlos. Eso también lo aplico a la enfermedad. No pretendo estar exento de sufrirla. Sé que una y otra vez llamará a mi puerta, y no tengo derecho a ser diferente de los demás. Tampoco tengo caminos alternativos. Soy uno más en la rueda de la vida y me toca lo que me toca. Lo que entonces busco y encuentro es la fuerza del Espíritu, la seguridad de no haber sido olvidado, la certidumbre de su presencia y la fuerza interior para seguir adelante sin hundirme, sin permitir que aquella situación cierre las puertas a la esperanza y me conduzca a una ruina moral y espiritual. Y en esto reside mi gozo y mi privilegio.
He aprendido que en cualquier situación, por trágica y dolorosa que sea, siempre hay una luz. Es la presencia de Dios. Donde Él está, todo puede pasar, nada es imposible. Incluso es capaz del mayor de los milagros: que yo no pierda la fe, y eso es un auténtico portento. Eso me da fuerzas e ilumina mi camino. No estoy solo, porque los que me quieren me abrazan y me regalan su cariño, su consuelo. Y porque mi Padre del Cielo también está conmigo, y lo siento pegadito a mi mejilla. Continúa siendo el Dios de la luz, incluso en las situaciones extremas de enfermedades. Entonces es el momento apropiado para decir con el salmista: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”(Salmo 39: 7).

Dios también utiliza a los amigos, los conocidos e incluso los desconocidos para llevar algo de consuelo y apoyo a quienes pasan por momentos difíciles. Gracias, y un abrazo, querido Ramón.
ResponderSuprimirJonás Berea
Me parece que esta entrada transpira tu propia experiencia de hoy. Sólo espero y deseo que pronto estés restablecido.
ResponderSuprimirEn cuanto a la actitud de los amigos, quiero decir que solemos cometer torpezas. Como los amigos de Job, tras un tiempo de silencio, empezamos a hablar lo primero que se nos ocurre. Postulamos nuestras opiniones cual si doctores en teología o en medicina se tratase. Y claro, siendo legos en ambas materias, no sólo la pifiamos; sino que echamos muchas veces sal en la herida.
Así que yo callo, enmudezco, no digo nada. Es mejor así. Pues ni tengo rayos X en los ojos, ni una bola de cristal para consultar.
La enfermedad unida a la vida. A esta vida, a la nuestra que vivimos. Hay que hacer frente a ambas, siempre. Hasta la extenuación, hasta el fin.
Qué bueno, que la cercanía del Maestro cambie nuestra perspectiva: "Mi esperanza está en tí".
Abrazos amigo.
Gracias a los dos, de verdad. Pero no quería particularizar en ningún caso concreto. Ni siquiera en el mío.
ResponderSuprimirMi intención era abrir el debate sobre lo que los creyentes esperamos de Dios en las situaciones difíciles a las que nos somete la vida.
Y no sólo eso. También reflexionar sobre lo que puede o no puede hacer Dios en estos casos extremos. ¿Tengo derecho a exigirle a Dios una curación milagrosa, cuando parece inhibirse en dramas tan espeluznantes como la muerte por hambre de millones de personas (la mayoría de ellas niños...), en principio tan importantes para Él como yo mismo?
Alguno me preguntará: Entonces, ¿para qué oras cuando estás enfermo? Yo sé para que oro, y creo haberlo dejado claro en la entrada de esta semana. Pero... ¿para qué oráis vosotros?
Me encantará leer vuestras respuestas...
Estoy totalmente de acuerdo contigo Ramón , creo que la oración nos ayuda mucho , no porque nos vaya dar la cura pero sí nos va dar la forteleza para pasar por la enfermedad como para cualquier momento difícil de nuestras vidas.No creo que esté mal el que ora por su curación pero veo más eficiente aprovechar estos momentos tan difíciles para conocer a un gran amigo , a nuestro Dios , pues creo que ni todos necesitamos alguién que nos salve la vida pero sí un amigo que está con nosotros hasta la muerte.Hay muchos que creen que Dios Padre abandonó a Dios Hijo en la cruz , cosa que estoy en total desacuerdo pues creo que Dios sería incapaz de hacerlo , su Eterno amor no le permitiría,Cristo sufrió la separación que el pecado origina pero eso no quiere decir que le haya abandonado Dios y creo que la imagen que has puesto tu demuestra perfectamente la reacción de Dios Padre ante la muerte de su único y precioso Hijo
ResponderSuprimirOtro punto que veo es que Dios no pone en primer lugar la cura física nuestra pero sí la espiritual , por eso creo que permite tales cosas para que a partir de ahí le conozcamos.Lo digo por experiencia propia cuando mejor he estado con Dios fue en los momentos más difíciles de mi corta vida , este para mí es Dios ,aprovecha del mal que no lo puede evitar para enseñarnos y sacar cosas buenas para nosotros.
En la enfermedad...La esperanza, el consuelo, la paz interior, la capacidad de hacerle fente, el rayo de luz, el ánimo, la aceptación, el aprendizaje a vivir con ello, la superación, el desenfoque en uno mismo a pesar de ella, el seguir adelante y no quedarte estancado...sólo puede venir de LO ALTO. La oración te permite compartirlo con tu Padre y a cambio recibir todo esto y más.
ResponderSuprimirEn la enfermedad aprendí a esperar en El, a escucharle, a sentirle...le conocí!! La oración, conversación, meditación...me permitió aprender, entender y crecer.
No estamos exentos de ella, pero tenemos el mejor arma para sobrellevarla.
Si EL con nosotros...
teacher beg
¿Y en la salud?
ResponderSuprimirEs cierto que cuando pasamos por un mal trance apreciamos más el apoyo y la compañía de un ser querido.
Muchas veces, los cristianos nos conformamos a la enfermedad, a la desgracia o al luto y lo transformamos en una "bendición" porque "eso nos acerca a Dios". (o no)
La única "bendición" es que sentimos la presencia de nuestro Amigo que nos da fuerzas para sobrellevarlo. (o no)
Pero el peligro que corremos es que sólo sintamos a Dios cuando las cosas van mal, cuando lo necesitamos.
Cuando gozamos de salud, somos felices y afortunados, ¿por qué no nos damos cuenta de la BENDICIÓN?
Porque la salud, la felicidad y el bienestar sí son la bendición de Dios que él querría para todos sus hijos, dóciles o díscolos, qué más da.
Sólo hablamos de Dios como el Dios que está con nosotros en la aflicción, como si la tristeza y la desgracia fueran necesarias para tener una buena relación con nuestro Padre.
¿Y en los buenos momentos? ¿Por qué no hablamos de los buenos momentos pasados junto a Dios?
O ¿es que sólo "usamos" a Dios como pañuelo de lágrimas?
Esther