lunes 17 de enero de 2011

INFIERNO

Hace un par de semanas recibí de parte de un amigo un enlace a youtube. El título del video ya es muy sugerente: “La verdad sobre el infierno, en dos minutos” (http://www.youtube.com/watch?v=gLZOxl9WUYQ&feature=related). Es heredero de otro video, que se editó hará un año más o menos, y que se titula “Toda la verdad, en dos minutos” (http://www.youtube.com/watch?v=62OOXFYE-rg), también muy bien realizado a mi entender. Recomendé en su día este segundo, y os recomiendo ahora el primero citado.
Al hilo de la aparición de “La verdad sobre el infierno, en dos minutos”, queremos proponeros una reflexión sobre esto tan raro del infierno.
Las personas que tienen ciertas creencias religiosas suelen decir que quienes (al morir) se van de “esta vida”, pasan así a la “otra vida”, los buenos al cielo y los malos al infierno. A lo que se suele añadir una precisión: en el cielo sólo pueden entrar los que llegan allí enteramente purificados, y para eso está el purgatorio. Si esto es así, es normal lo del purgatorio, pues sin él andaría bien vacío el cielo.
La creencia en la otra vida resulta comprensible si tenemos en cuenta las muchas limitaciones que tiene esta vida. Siempre ha existido gente (mucha gente) que anhela la felicidad sin límites. Como hay gente que, habida cuenta de tantas injusticias como hay en este mundo, esperan que Dios castigue a los malos y canallas en el otro mundo. Parece lógico, por tanto, que haya gente que alimente creencias en premios y castigos más allá de la muerte.
Así las cosas, lo primero que conviene tener en cuenta, al hablar de este oscuro y complicado asunto, es que las creencias relativas a la otra vida tienen lógicamente consecuencias (para bien o para mal) en esta vida. Lo más seguro es que, por ejemplo, cuando el franciscano Maximiliano Kolbe se dejó matar para salvar a un compañero, en un campo de concentración de la última guerra mundial, tomó aquella decisión ejemplar motivado por el amor cristiano y por la esperanza en la felicidad de la vida futura. Como también se puede dar por seguro que los pilotos camicaces, ésos que se mataron asesinando a miles de personas en la Torres Gemelas de Nueva York, cometieron semejante atrocidad por motivaciones políticas reforzadas, en última instancia, por el deseo de llegar al paraíso celestial. No cabe duda que la esperanza en la otra vida puede ser un estímulo para el bien o una amenaza para el mal.
Por eso no es de extrañar que los predicadores de la “otra vida” hayan utilizado tantas veces el argumento del cielo y del infierno para motivar a los fieles. Unas veces, logrando objetivos ejemplares; y en otros casos para someter a los crédulos, para asustar a personas de buena voluntad o a gentes ingenuas, sin reparar en que, a base de sermones truculentos, han abrumado a no pocas personas, han llevado a mucha gente a los confesionarios. y hasta se ha negociado la otra vida mediante indulgencias que han dejado pingües beneficios, limosnas, herencias y otras ventajas de mayor o menor cuantía.
¿Qué hay después de la muerte? Como es lógico, todo lo que trasciende esta vida pertenece al ámbito de lo trascendente. Y lo trascendente es, por definición, lo que no está a nuestro alcance, o sea lo que no conocemos ni podemos conocer completamente aquí y ahora. Por tanto, ponerse a decir, determinar, precisar y explicar lo que ocurre después de la muerte es un alarde que entraña tanto atrevimiento como ingenuidad, ya que eso es lo mismo que hablar de lo que no sabemos, ni podemos saber en toda su extensión.
Pero, ¿no está todo eso dicho en la Biblia y en los libros sagrados? ¿No está definido en ella? Seamos lógicos, sinceros y honestos. Todos los libros sagrados, incluida la Biblia, dicen lo que dicen “desde la inmanencia” y, por tanto, de forma “inmanente”. Es decir, todo eso no puede alcanzar aquellas realidades que, por definición, nos trascienden. En otras palabras, aquellas realidades que no están a nuestro alcance. Y si lo están, si alcanzamos a comprenderlas, es que se nos habla de “lo trascendente” disfrazado de mucha, mucha humanidad.
La fe no es un saber basado en argumentos demostrables por la evidencia. La fe es una “convicción”. En el caso de la fe cristiana, esa convicción lleva en sí la esperanza en que la muerte no tendrá la última palabra. Es la convicción de que existirá otro tipo de vida, de la resurrección, en una plenitud desconocida ahora, sin que podamos precisar más en que pueda consistir esa plenitud.
Y en cuanto al infierno, si efectivamente Dios es justo, hará justicia, sin que podamos saber cómo se hará esa justicia. Pero hablar del infierno como se suele hacer en los catecismos y sermones al uso, con todo el respeto del mundo, yo no creo que eso pueda ser verdad. Por una razón que, para mí al menos, es difícilmente contestable: El infierno, por definición, tal como lo entiende una gran parte de los cristianos, es un castigo eterno. Pues bien: un castigo, así pensado y realizado, no puede tener su origen en la bondad, sino en la maldad. O sea, un castigo así, no puede haber sido pensado por Dios, ni puede ser mantenido por Dios, sino por la maldad de la gente que lo inventó. Me explicaré:
Un presunto castigo por “justicia divina”, que al mismo tiempo se concibe como “eterno”, es una contradicción en sí mismo. Porque si es eterno, en algún momento llegará a pagar la deuda, aunque sea dentro de mucho, mucho tiempo. Y al segundo siguiente ya sería injusto, precisamente por ser eterno. En pura lógica, tendrá que terminar en algún momento, digo yo. ¿O es que la justicia divina nunca se ve resarcida? ¿Nunca? Entonces, ¿qué justicia es ésa? Y además… ¿para qué voy a andarme con paños calientes, a estas alturas de la película? Os lo diré claramente, para que alguno (o alguna) pueda prepararme la pira del infierno de aquí: me parece a mí que lo “divino”, que no se puede entender sino como bondad y fuente de bien, no puede ser causa y origen de un mal, y mucho menos de aquél que no tiene más finalidad en sí que hacer sufrir, o sea causar mal, daño y sufrimiento. Hacer a Dios causante y responsable de eso es la agresión más brutal a “lo divino” que la mente humana ha podido inventar. Todo esto pensado, dicho sea de paso, desde mi más humilde inmanencia.
En la Biblia se habla, efectivamente, de premios y castigos eternos. Pero creo que debe leerse desde un lenguaje metafórico, que tiene como objetivo motivar a la gente para hacer el bien y evitar el mal. Tal es el sentido, creo yo, de los textos de los evangelios que hablan del “fuego eterno”, del “rechinar de dientes”, del “gusano de la conciencia” o de otras expresiones parecidas. Todo lo que sea pasar de eso, y convertir las metáforas en lenguaje descriptivo de una realidad que está “arriba” o “abajo”, en lo alto de los cielos o en las profundidades del abismo, todo eso no puede ser sino un lenguaje imaginativo del que no nos cabe certeza alguna.
La finalidad de las religiones ha de centrarse en permitirle a Dios que se nos acerque, en cambiarnos la mirada y el corazón, para que seamos capaces de atisbar, siquiera, la bondad sin límites de un Padre del Cielo que, puesto a degradar, a humillar, se lo hace a sí mismo para acercársenos más y mejor. El objetivo de las religiones, y de los religiosos, debería ser que seamos respetuosos y honrados los unos con los otros; honestos y sinceros, responsables y gente de buen corazón. Y quienes, además de todo eso, tengamos una fe que nos lleve a mantener viva la esperanza que trasciende el presente, si eso nos hace más felices y nos motiva para hacer más felices a los demás, entonces se podrá decir que la religión es cabal. Y es lo que tiene que ser. Digo yo…

3 comentarios:

  1. Jajajajaja. Esa imagen del infierno, la de la entrada, los humanos y humanas cayendo y gritando mientras se queman con las llamas del infierno que además son eternas... Perdonadme la expresión, pero es "para mearse y no echar gota", jajajaja.

    Lo siento, pero lo has descrito muy bien, este concepto o idea ha sido una creación humana, siempre interesada, o bien por la economía o por el poder sobre la pobre gente a la que se sometía "religiosamente".

    Por cierto, camicaces, haberlos haylos. Pero yo no estaría muy seguro de que fueran dentro de los aviones que derribaron las torres gemelas. Pero ya que los has citado, y visto lo visto y leído lo leído, algunos andan por ahí vivitos y coleando (me refiero a los supuestos secuestradores de aquellos aviones que se estrellaron contra las torres gemelas) y otros, desaparecidos; sin mucha certeza de que se sepa lo que haya sido de ellos. Que el imperio se lo monta muy bien para estas cosas. Eso es otra historia y la dejamos para otro día.

    En cuanto a lo de las llamas del infierno o la condenación en él, es una burda invención. Jamás podré creer en algo así. Ni en mis etapas de niño cabía en mi mente, ni en las de adolescente descreído. Quizá entonces me sirvieron para ridiculizar aún más la religión y ver lo falso de algunos de sus supuestos.
    Y en cambio, en mi vuelta a la creencia, en la etapa de adulto (allá por los 26 o 27 años); fue genial corroborar que aquello del infierno no tenía sentido. Para un Dios que nos crea, nos pone en lugar idílico para la vida y nos redime cuando la pifiamos hasta el fondo, no cabe esa difamadora idea. No encaja en la imagen que ha querido transmitirnos de su carácter, acerca de cómo es él. Un disparate, vamos.

    Nosotros, a veces y como los discípulos, quisiéramos el fuego del cielo para consumir a algunos de los que nos rodean. Pero las palabras de Jesús nos interpelarían: "¿de qué espíritu estáis animados?" Dios no quema pecadores.

    Sí que es Justo. ¡Dejémosle ese trabajo a él! Nosotros llevémosle el sumario, los cuatropecientosmil folios de las injusticias realizadas en este hermoso planeta que él sabrá atender debidamente y en el momento justo.
    Como dice el vídeo (por cierto, lo había visto y es genial) dejarán de existir, no serán más. Que bastante infierno es ya. Perderse de esta vida y de la futura, es, valga la redundancia, una gran pérdida.

    Me voy a dormir, a soñar con el cielo. Espero que a ninguno de los que leáis esto, os atormenten los miedos del infierno. Jajajajajajaja.

    Abrazos.

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  2. En el fondo, el infierno no es más que otra de las muchas muestras de cómo llegamos a humanizar a Dios. Supongo que ya lo habré dicho alguna que otra vez: Los humanos tendemos a hacer algo que en psicología se conoce como “proyección”.

    La proyección es muy común en los casos de maltrato psicológico aderezado con una baja autoestima y consiste en colgarle al otro el sambenito de los propios defectos para, así, tener la ilusión de que el otro es peor que uno mismo. Por ejemplo, si el maltratador es vengativo, le repetirá a su víctima que es vengativa tantas veces como sea preciso hasta que esta acabe creyendo que, en efecto, el maltratado es el maltratador.

    Y así funcionamos en nuestra relación con Dios. Le colgamos nuestros defectos para sentir —de manera engañosa, por supuesto— que no somos tan malos. En el caso del infierno, como el ser humano, por naturaleza, es cruel y sádico, tendemos a achacarle a Dios ese mismo defecto; a la vez que olvidamos que Dios no castiga, sino que lo que nosotros vemos como un castigo no es más que la consecuencia lógica de nuestros actos.

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  3. ¡¡Espartanos!! ¡¡Desayunad bien, porque esta noche... dormiréis... EN EL INFIERNOOOO!!!!!!

    Esta es una frase de la peli "300" que va sobre lo valientes que fueron aquellos hombres de Esparta. Además de mostrar como los hombres solucionan sus problemas utilizando la violencia, dándoles así una aureola de valerosos guerreros, mete cuñas de este tipo echando más leña al fuego de la ignorancia en la que hemos estado sumidos durante siglos. Me refiero, claro está, al tema que nos ocupa: el dichoso "infierno".

    Bonita dicotomía: luchar como un energúmeno y vivir para regresar al campamento donde te espera tu bella esposa o morir e ir directo al infierno.

    Una pena que también el cine, como tantas otras cosas, reduzca de este modo las posibilidades de la naturaleza humana. No es una visión simplista, es un mensaje claro que se nos envía. Parece muy idílico ver crecer a los niños luchando, pensando que un día serán unos buenos guerreros y morirán cubiertos de honra, etc., etc., etc.
    Y luego esas montañas de muertos..., ah, y la figura del traidor. Si no hubiera o hubiese habido un traidor, nunca hubiesen sido vencidos.

    Bueno, que me enrollo y sólo quería poner la frase del principio.
    Venga, ¡más madera!

    Abrazos.

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