Vi el sábado por la noche un documental sobre Carlomagno. Sí, sí… el tipo aquel que durante los últimos años del siglo VIII y los primeros del IX de nuestra era iba imponiendo el cristianismo (o ese sucedáneo en el que se había ya convertido por aquellos tiempos) a fuego y sangre, bajo el lema de “O eres de los míos, o no serás”.
A nadie se le escapa que no estamos hablando de religión, sino de poder y de política. Eso lo tengo bastante claro. No creo que la religión tenga la culpa de estas tropelías. Otra cosa es que me equivoque en mis percepciones, como todo hijo de vecino. Pero es que me parece que demasiadas veces se ha hablado de guerras de religión, cuando lo cierto es que no eran sino guerras a secas, guerras por el poder secular, en las que los reyes y emperadores utilizaban la religión como un arma de destrucción masiva. Cierto es, también, que los prebostes religiosos se dejaban hacer, porque ese escenario también les daba mucho poder a ellos. Pero la religión no fue nunca un fin en sí mismo, sino el medio oportunamente empleado. La prueba palmaria es que muchos de los gobernantes, ésos que jamás iban ellos mismos a la guerra, e incluso mandaban a ellas a los hijos de otros y nunca a los suyos, cuando les convenía cambiaban de chaqueta religiosa. Todo un espectáculo. Pero eso es harina de otro costal, y merecerá una reflexión aparte otro día.
Al hilo del documental sobre el Gran Carolus, me parece conveniente seguir escribiendo algo sobre la capacidad de comprensión. Porque tengo la impresión de que, cuando se sacan a la luz determinados recuerdos del pasado, sucede exactamente lo mismo que cuando se agitan los bajos fondos estancados bajo una superficie aparentemente limpia: el agua huele mal. Y hay muchas personas que no soportan olores demasiado fétidos. La reacción, entonces, es la intolerancia; echando mano, si es preciso, a un clavo ardiendo.
A mí me parece que tenía razón A. Sajarov cuando dijo que “la intolerancia es la angustia de no tener razón”. El eminente físico ruso que fue Sajarov experimentó, en sus propias carnes, lo que representa en la vida la intolerancia de quienes carecían de razones para prohibirle acudir a Oslo a recoger el Nobel de la Paz. Por otra parte, la certera formulación de Sajarov sobre la intolerancia se palpa cada día con más fuerza. Porque cada día hay más gente que vive la angustia de no tener razón para oponerse a cosas que no está dispuesta a tolerar. Y es que estamos tocando fondo.
Viendo las cosas con los ojos de la fe, uno se acuerda enseguida del texto más sencillo y más profundo que se ha escrito sobre la tolerancia. Me refiero a la parábola que Jesús contó sobre la cizaña (Mt 13, 24-30).
Los siervos que quieren segar la cizaña, antes del tiempo para eso, son aquellos que piensan que los falsos apóstoles y los heterodoxos deben ser eliminados por la espada y los suplicios. Pero el dueño del campo no quiere que se les destruya sino que se les dé tiempo, pues quizá se enmienden y, de la cizaña que eran, se tornen trigo. Y si no se enmiendan, déjese a su juez el cuidado de la finca, pues es quien conoce mejor los tiempos y las estaciones.... Mientras tanto, hay que permitir a la cizaña estar mezclada con el trigo, puesto que habría más daño en suprimirla que en soportarla. Y todo esto, por dos motivos esenciales:
1) Porque si somos creyentes o, al menos, nos queda algo de sentido común, lo más serio que podemos hacer es “dejar a Dios ser Dios”. Es decir, la sabia capacidad de juzgar en serio, con todo lo serio que esto es, le corresponde a Dios. Y nadie tiene derecho a usurpársela ni a apropiársela. Dejemos, pues, que sea Dios quien decida sobre quién es trigo y quién es cizaña.
2) ¿Es malo que convivan el trigo y la cizaña? Peor es ir por la vida con la pretensión de que soy yo el que veo las cosas como son, y tengo siempre la razón. ¿Por qué es eso lo peor? Porque lo más determinante en la vida no son las “verdades”, sino las “convicciones”. Las mil guerras y batallas de la verdad contra el error han ensangrentado demasiadas páginas de la historia. Y ¿para qué? Para causar espantosos sufrimientos y no arreglar nada. Sin embargo, ¿quiénes son los que más han influido en la vida de los pueblos y han cambiado - para bien o para mal - el destino de los pueblos? Los que han sido marcados con la fuerza de las más profundas convicciones. El que está convencido de una cosa, la hace. Y si no la hace, es que no está convencido de tal cosa.
He dejado escrito muchas veces (y lo repito de nuevo) que ahora necesitamos más que nunca la comprensión. Porque el trigo y la cizaña están más mezclados de lo que imaginamos. Y más que se van a mezclar. Por eso, sin duda alguna, la vieja “rabia teológica” (de la que tanto se habló en los ambientes eclesiásticos medievales) está ahora más floreciente que nunca. Por eso, a quienes insultan y ofenden; a quienes ridiculizan y atacan asestando el golpe donde más duele; a quienes censuran todo lo que no les gusta, o no les viene bien que se diga; a quienes no toleran la más mínima discrepancia; los que por delante, y a la cara, te sonríen y te dan palmaditas paternalistas en la espalda, pensando para sus adentros que no te ha amanecido, pero por la espalda te apuñalan y echan ante otros insidias pestilentes; e incluso a aquellos que van de cara (eso sí, escudados en el anonimato que otorga internet) y te denuncian para que no puedas publicitar tus opiniones en los foros de las redes sociales, yo les pregunto: ¿es que no tienen más argumentos? ¿no tienen otras razones de las que echar mano? Que recuerden la parábola del trigo y la cizaña, y quién debería tener el control de los tiempos y de las estaciones.
Me parece a mí que los segadores precoces, aquellos que siempre tienen prisa para juzgar, sentenciar y condenar al ostracismo a quienes no les dan la razón, sólo hacen ostentación de una cosa: de la enorme angustia que segrega en ellos la sinrazón y la intolerancia. Sajarov dixit…
(Texto inspirado por una reflexión del teólogo José María Castillo)
(Texto inspirado por una reflexión del teólogo José María Castillo)

Pues precisamente de ese "Carlomagno" habló el cura el día que nos casó a mi esposa y a mí, hace ya la friolera de 26 años. Jajajaja, Carlomagno por aquí y Carlomagno por allí. Una pesadez. Y ahora resulta que este reyezuelo era intolerante!!! Es que ya no recuerdo mucho de los distorsionados libros de historia, que estudiaba en el colegio primero y en el instituto después, sobre la vida de este "insigne rey". Su sepultura tiene que ser venerada por algún lado y también habrá alguna estatua ecuestre al uso. Lo típico, a los que siguen "nuestra política" les hacemos monumentos. "¡Qué bien lo hizo!", -escuchamos- "¡Cómo acabó con toda oposición!" -dirán otros-, "¡Haría falta otro como él ahora!" -añadirían otros.
ResponderSuprimirSí, eso parece que es lo que nos gusta, el puñetazo en la mesa y aquí se hace lo que yo digo, como yo digo y cuando yo lo digo. Y si no: "¡Prendedle!" o "¡Detenedle!", o "¡Al cepo!" o "¡A la cárcel!".
Me quedo pasmado cuando veo a la policía egipcia en un vehículo a toda pastilla, atropellando a ciudadanos que debería defender. ¿Qué código deontológico (se dice así??) juran al tomar posesión de su cargo estas personas?
Cada vez más la fuerza centrífuga, de la actual política, empuja a las masas al conflicto. Las empuja a protestar por un reparto más justo del pastel, hartos ya de migajas. Esto en lo social.
Pero de igual modo, a nivel sindical, las bases están descontentas. A nivel de educación, la desidia es mayúscula. A nivel sanitario, de alimentación (los precios pagados al agricultor o ganadero son abusivamente bajos, por contra a los consumidores, abusivamente altos), a nivel de convivencia de nacionales con extranjeros, etc., etc., se nos empuja hacia la intolerancia en todo.
¿Cuándo va a estallar esto? ¿Quién va a ser el guapo y el primero que se "inmole"? ¿Vamos a caer en esa trampa del "chivo expiatorio"? ¿De acusar y buscar un culpable cuando son otros los responsables?
Eso parece ser que quieren "ellos": que seamos intolerantes, que no toleremos. Da igual que sea en la familia, en el trabajo, en tu pueblo o en tu país.
En lo religioso, claro, también acabamos "salpicados" de este movimiento a favor de la intolerancia. Olvidamos la sabia respuesta de Jesús: "Un enemigo ha hecho esto..."
Como bien dices Juan Ramón, dejemos a Dios esto tan serio que es juzgar. Y nosotros, sí, debemos protestar ante injusticias, pero siempre hay lugares en los que hacerlo y maneras apropiadas. El pueblo egipcio en la plaza más importante, hasta conseguir la desaparición de este otro Carlomagno del siglo XX y XXI. Esperemos que también cambien "su política".
Pero no vamos a estar nosotros en el barro, unos al lado de otros, y encima vamos a tirarnos bolas de barro a los ojos, o las vamos a dejar al sol para que se pongan duras y luego tirárnoslas para hacer más daño aún.
Enfoquemos nuestra vista y miremos bien al blanco: al "enemigo". Eso sólo, como dice Sajarov, le hará temblar, le llenará de angustia. A veces es suficiente.
Abrazos.
Tampoco creo yo que siempre sea necesario entrar en liza con nada ni con nadie. Las más de las veces basta algo que solemos decir por mis lares y que es de difícil, por no decir imposible, traducción: Qui dia passa, any empeny…
ResponderSuprimirMe explico: No se trata de enfrentarnos a nada ni a nadie de manera abierta. Sencillamente, tenemos que actuar y avanzar en la dirección que creamos correcta; y si alguien se siente molesto por ello, el problema es suyo, no nuestro.
En cuanto al trigo y la cizaña, nadie tiene la certeza absoluta de ser trigo. Peor aún: es más que probable que se sea cizaña. Por eso, precisamente, creo que es más que imprescindible no precipitarnos a cortar cabezas ni a quemar en la hoguera a nadie que no comparta nuestras ideas. ¿Y si al final resulta que los equivocados somos nosotros? Habiéndolo hecho, nos habremos convertido en obstáculos a nuestro propio crecimiento.
Aquí necesito hacer una observación que quizá pueda parecer un tanto partidista. ¿Os habéis dado cuenta de que los sectores más “progresistas” son los que más dudan incluso de sus propias convicciones?
En el fondo no puedo pensar otra cosa que las certezas absolutas llevan a la intransigencia y esta a la sinrazón. ¿O no? Ya me asalta la duda…